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Una historia policial
La foto del domingo
Un relato literario recrea una hecho real en la que la Facultad ayudó a resolver el asesinato del Concejal radical Carlos Ray a principios del siglo pasado

La foto del domingo

 

¡Pobre Ray! No pensaría

que la que fuera su amada

una traición tan inicua

a su galán le tramara

(estrofa popular de la época)

 

Trifón Ugarte era un tipo tímido y muy reservado. Por eso, cuando llegó a La Plata nunca imaginó que iba a participar como protagonista de una de las historias públicas de la ciudad, en donde la Universidad habría de jugar un papel de importancia. Suponemos que fue en el año 1918, mientras las noticias señalaban el fin de la Gran Guerra en Europa y se preocupaban por una marea de banderas rojas en la Rusia post Zarista, aquel en que decidió salir de Chuquisaca (Bolivia) y estudiar química en Buenos Aires. Con su título bajo el brazo, mucha dedicación y notables capacidades, rápidamente se encontró como docente a cargo de cursos de química general en el Colegio Nacional de Buenos Aires y en la Facultad de Química y Farmacia de la Universidad Nacional de La Plata, como profesor de Química Analítica primero y como primer responsable de la Cátedra de Toxicología después.

Ayer como ahora, las intimidades de los ricos alimentan las páginas sociales de los periódicos. Y si esas anécdotas alcanzan las páginas rojas, con el dudoso mérito de alimentar la morbosidad de las masas, rápidamente merecen las primeras planas. La historia que nos ocupa, comienza la madrugada del 10 de septiembre de 1926. En el exclusivo barrio de Vicente López, la tranquilidad de la noche se rompe con el estruendo de disparos y los gritos de una mujer que, por una ventana abierta, pide a gritos auxilio por su amante muerto. La mujer era María Poey de Canelo y su amante, el concejal radical Carlos Ray, un médico de cierto renombre que supo encumbrarse en la política local por su adhesión a la UCR antipersonalista, una reciente fracción del partido de Irigoyen.

Esa misma madrugada, la mujer contó a la policía que, poco tiempo después de dormirse, escucharon ruidos de intrusos. Al encender las luces se encontraron con dos hombres enmascarados que sorprendidos, escaparon disparando. Mientras el dueño de casa se desplomaba ya inconsciente al costado de su cama con una herida de bala debajo del hombro, la mujer se abalanzaba sobre la mesa de luz buscando el revólver con el que dando tiros al aire, pide auxilio a quién pudiera oírla. El primer informe médico, indicaba que el proyectil había entrado por el deltoides cerca del hombro, continuando su ruta por el tórax, perforando la aorta, el corazón y el pulmón, para alojarse finalmente en la pleura. El hombre habría muerto casi en el momento.

Las circunstancias del asalto llenaron de suspicacias la pesquisa de los agentes policiales. Ray era un hombre muy conocido y respetado, comprometido en matrimonio con una señorita de buena familia. La Poey era una mujer de escasa reputación, que no debía estar en esa casa a esa hora de la noche. Por eso, desde el primer momento, las dudas invadieron la versión de la única testigo del asesinato. Del proceso, se hace cargo el juez Julio Facio, magistrado responsable del único juzgado criminal que funcionaba en La Plata, capital de la Provincia.

María era joven y bien parecida. Conoció a Ray en 1917, dos años después que éste se hubiera recibido de médico y un tiempo después de haberse separado de su esposo y padre de su única hija. Esas circunstancias sirvieron de punto de partida para que los diarios comenzaran a comentar las "asombrosas revelaciones que la indicaban como el prototipo de una mujer aventurera, falta de escrúpulos y de una vida verdaderamente azarosa". Decían que tenía una especial condición para cautivar a los hombres de fortuna y así poder obtener de ellos dinero, regalos valiosos y otra índole de favores. También observaban que a estas andanzas no era ajeno el Dr. Ray, quién no solamente las consentía, sino que constituían su modus vivendi. De este modo -siempre según los medios- Ray habría adquirido gran parte de sus bienes.

En el año 1923, María por intermedio del mismo Ray conoce a José Pereyra, también concejal, con quién llega a intimar convirtiéndose también en su amante. Él es quién manda a construir para ella una casa, según la prensa, a gusto de María.

La noche del homicidio, Ray había organizado una gran cena con parejas amigas y colegas, entre los que se encontraba Pereyra. Durante las primeras investigaciones, una de las comensales declara que a la 1:30 de esa noche, había visto vivo a Ray junto a los demás, antes de retirarse ella de la casa.

Y llegó el dato que faltaba. La pericia del laboratorio de tribunales arrojaba un resultado que explicaría todo: el muerto había sido envenenado con cianuro. El vuelco de la investigación permitía plantear una hipótesis razonable y coherente con el estereotipo impuesto a la mujer amante. Habría envenenado al hombre, despechada por el reciente compromiso de matrimonio con otra mujer mucho mejor que ella, con lo cual perdería todos los privilegios que hasta ese momento tenía. El plan debía haber sido ejecutado en complicidad con una o más personas, de manera que el segundo amante de María, el concejal Pereyra, podría haber ayudado a fraguar la escena final, disparando sobre el cuerpo ya inerte de Ray.

De inmediato el caso pasó a la portada de los diarios. Y el juez dispone la inmediata detención de Maria Poey, de Pereyra, de la mucama y su marido y del jardinero -de apellido Schiz- y su mujer. Poey fue interrogada sobre la presencia de cianuro en la casa, a lo que respondió que el mismo Ray le había encargado su compra para combatir hormigas, cosa que el jardinero debía corroborar. Pero cuando fue careada con Schiz, él lo negó.

Por esos días, el juez recibía una crecida cantidad de anónimos acerca del misterioso crimen, que revelaban el apasionamiento que existía entre el público. Decía la crónica "...algunas de estas cartas no dejan de tener su interés, ya porque provienen de entendidos, ya porque formulan conjeturas acertadas o ya por disparates que mueven a risa".

Pero pronto una segunda autopsia vino a complicar las cosas. Los resultados de los estudios del Laboratorio de Química de la Provincia de Buenos Aires, daban resultados negativos para el cianuro. Estos estudios estuvieron a cargo de Carlos Grau, ex docente de Toxicología de la Facultad de Ciencias Exactas, en esos días dedicado a la organización de un laboratorio de referencia para la Provincia. Un periodista, el mítico GGG jefe de la sección policiales del diario vespertino Crítica, logró presenciar la tarea con la complicidad del comisario y disfrazado de plomero. Esa misma tarde, Crítica anunciaba la primicia: "No hay cianuro". La noticia tuvo tal efecto entre los lectores, que este título llegó a ser una expresión de uso corriente entre los porteños, para indicar mucho énfasis en una negación.

Sin embargo, el juicio popular -más bien el de los medios- ya estaba en marcha. Y la condena a María o "la Poey", como la llamaban, estaba decidida. Siguiendo la comparsa, se ofreció al público el estudio psicológico encargado a Eusebio Albina y Antonio González, a la sazón, Director y Subdirector del Hospital Melchor Romero. Este informe no dejaba dudas acerca de las razones de esta mujer para delinquir, destilando todos los prejuicios y preconceptos imperantes en aquella época: "No es una alienada, sino una perversa instintiva cuyo punto más saliente es la vida privada irregular, las costumbres licenciosas, que precisamente constituyen la manifestación social común en los perversos del género femenino". Y sigue "...la inculpada no peca por exceso de sensibilidad, sino para procurarse bienes materiales". Más adelante el informe indica que "... (es reprochable) su misma actitud la noche del crimen; no tiene nada de femenino la forma de reaccionar frente a la supuesta muerte de su amante. Una mujer común, en esa situación, se desmaya y nunca toma un revólver y pide socorro a gritos". Sólo para completar la ilustración, recordemos que para estos años las mujeres no tenían siquiera derecho a voto y eran consideradas ciudadanas a medias.

En medio de este cruel escarnio público y consciente de la dificultad que significaban las dos pericias toxicológicas contradictorias, Facio decide trasladar el problema a las manos de la Facultad de Química y Farmacia de la Universidad Nacional de La Plata. La opinión de los facultativos debería poder despejar cualquier duda.

Es así que las vísceras del occiso, en dieciocho frascos pulcramente sellados, lacrados y rotulados, se trasladaron a la Facultad el jueves 23 de septiembre por la tarde. De inmediato las puertas del laboratorio de toxicología en donde se guardaron, fueron selladas y lacradas. Este laboratorio se hallaba instalado en dos amplias dependencias del antiguo edificio que había pertenecido al internado N°1 del Colegio Nacional, situado en la planta alta, sobre la calle 47. Para no repetir intromisiones indeseadas, se destacó una guardia especial que se situó permanentemente en el corredor de acceso al lugar.

Por aquellos tiempos, en los medios académicos la ciencia química forense era una disciplina naciente. No había muchos en la Argentina dedicados al tema. Aunque por fuera de la academia existía un grupo de policías forenses, formado hacía unas pocas décadas por Juan Vucetich, fallecido un año antes de este crimen, quien inventó y perfeccionó un sistema para la identificación de personas que se basaba en la descripción sistemática de las huellas dactilares. Este es el mismo sistema que con algunas modificaciones se sigue utilizando hoy en día. Juan -como Trifón- había sido un inmigrante que encontró en la Argentina un país para vivir y trabajar sus años más prolíficos.

A las 8 horas del viernes, los investigadores designados llegaron a la sala del decanato. Luego arribaron Facio y sus dos secretarios para subir de inmediato al primer piso, donde el juez procede a destruir los sellos lacrados de la puerta del laboratorio. Una vez dentro, el juez labra un acta con la constitución de la comisión que habría de realizar esta tercera pericia, integrada entonces por Pedro Pando, Químico de los Tribunales y autor de la primera pericia, Carlos Grau, responsable de la segunda pericia, Carlos Sagastume, Decano de la Facultad, Trifón Ugarte, ya Profesor de Toxicología de la misma Facultad y los profesores Juan Machado y Eduardo Blomberg. Un periodista presente en este acto, los retrata para una fotografía que sería la portada del diario del día siguiente. Cuando el juez y los demás se retiran, los presentes nombran como secretario a Machado.

Los investigadores de inmediato iniciaron los estudios en las vísceras mismas y en el ambiente libre interior de los frascos en el momento de abrirlos (el ácido cianhídrico es un tóxico muy volátil). Mientras trabajaban, describían cuidadosamente el uso y resultado de los ensayos con papel de tornasol, con nitrato de plata y acetato de plomo, con el reactivo de Nessler y la reacción de Schombein-Pagenstecher, base de las conclusiones de la primera pericia. Interrumpieron sus tareas a las 12:00 para almorzar y luego volver a las 14:30, finalizando bien avanzada la noche. Un cronista que logra autorización para acceder por unos instantes al laboratorio ese mismo viernes por la tarde, relata sus impresiones: "...el ambiente que allí se respira es intenso, no sólo por el olor mefélico (sic) que producen las emanaciones, sino el espectáculo macabro resultante de la cantidad de trozos humanos sobre los cuales trabajan los peritos".

El sábado, la tarea comenzó a las 8 de la mañana. Los científicos detallaron los procedimientos para el uso de sulfato de cobre al dos por ciento y tintura de guayaco recientemente preparada. Pasaron varias horas discutiendo el alcance y valor de las reacciones tomadas con tiras de papel de filtro impregnadas con los reactivos. La tarea terminó a las 12:30, pues por la tarde los peritos resolvieron suspender la labor que se continuaría el domingo, a pesar del feriado y solamente por la mañana.

En esa época, la química analítica era casi una artesanía. Se necesitaba de mucha intuición, además de un sólido conocimiento del comportamiento de las sustancias cuando reaccionan entre sí   o con la luz. Entre la sustancia a develar y el investigador, no había mucho más que las manos y el ojo desnudo, además del vidrio que la contenía. Los instrumentos de la química se encontraban en una etapa de desarrollo muy rudimentario. No existían los sofisticados aparatos con los que hoy contamos. En esas condiciones de trabajo, la relación entre el hombre estudioso y su problema se desenvolvía bajo una absoluta intimidad.

Finalmente, tras veintiséis horas de labor, el domingo al medio día el equipo termina su trabajo. El juez se presenta en ese mismo instante. Estaba ansioso y exultante por conocer el resultado de las investigaciones. Aprovechando la presencia del fotógrafo de tribunales, que había ayudado a retratar paso por paso los procedimientos, todos posaron para una nueva foto, y el juez casi los obliga cuando decide cual era el mejor lugar del laboratorio, con la luz adecuada y los contrastes perfectos. Habitantes de un ambiente de poca bulla, los anfitriones seguramente se habrán incomodado con la insistencia del visitante. Además, era demasiado alboroto para un domingo. Pero así quedaron inmortalizados en sepia: el juez vestido de pulcro negro en el centro y a sus costados los seis peritos. Aparece también un octavo personaje, que puede haber sido Danilo Vucetich -discípulo de Ugarte y sobrino de aquel otro Vucetich, el de las huellas- que habría participado como ayudante. En las manchas de los guardapolvos se adivina la labor. La escena bien puede representar el nacimiento público de la práctica de la disciplina toxicológica en la universidad.

Fue recién tres días después, el miércoles cerca de las siete de la tarde, cuando los investigadores entregaron su informe, profusamente ilustrado con fotografías y cuadros sinópticos, desarrollando sus resultados en un cuantioso volumen. En este informe concluían que 1.- La pericia había sido realizada con vísceras de buena calidad, cantidad y acondicionamiento, 2.- La prueba utilizada por la primera pericia no era específica para el cianuro, sino una reacción de oxidación genérica o de grupo, que no da siempre resultado positivo y de ningún modo podía servir de prueba fehaciente para definir una pericia toxicológica, 3.- No era posible admitir la volatilización post mortem total del cianuro desde las vísceras y 4.- El resultado francamente negativo de las dos mayores reacciones admitidas para la identificación de cianuro, permitía afirmar categóricamente la ausencia de esta sustancia en las vísceras analizadas y en la cerveza estudiada. Por supuesto, Pando emite un informe en disidencia. No podía retractarse tan fácilmente de lo que ya había dicho.

Pero surgía una incontrastable verdad: en las ciencias químicas, los ensayos preliminares no tienen ni pueden tener más alcance que el de orientar la investigación por presunciones respecto a la presencia de tal o cual sustancia, pero de ninguna manera pueden constituir el final de una investigación. Por otro lado, lo primordial y necesario en toxicología es aislar e identificar la sustancia, ya sea por medios químicos, físicos o biológicos. En el mejor de los casos, también se puede investigar su cantidad. Pero fundamentalmente, todo el procedimiento debe realizarse con independencia de criterio. Por eso el error de Pando fue doble: por un lado, desconoció las reglas del razonamiento analítico toxicológico, y por otro, se dejó llevar por el juicio de los periódicos que ya habían dado su veredicto.

Pero a pesar de las conclusiones de esta tercera pericia, mucho más completa que las anteriores, la primera opinión mantuvo su vigencia a los ojos del juez, pues contaba con demasiado  apoyo. Además, el clima de la investigación se enrarecía cada vez más y los periódicos se relamían con los detalles. El abogado defensor de Poey y Pereyra es acusado de desacato, es multado y luego detenido. El 1 de octubre, el concejo deliberante, suspende las funciones del concejal Pereyra, al mismo tiempo que el juez pide el proceso por desacato del Jefe de Investigaciones de la Policía por el incidente con GGG.

Pero la declaración de una testigo ese mismo día, pasa casi desapercibida para las crónicas: la mucama de la casa vecina, Ángela Villalba, comenta haber visto a la mujer gritar por la ventana, mientras observa que escapaban dos hombres por el paredón del fondo del patio. Sin embargo, su patrón, un hombre de apellido Clary, le había indicado que no comentara nada para evitar involucrarse. Pero pronto, en octubre comienza a rumorearse que el pibe Albarello, un asaltante conocido en los suburbios de Buenos Aires, podía estar involucrado en el crimen y piden su detención.

La cultura popular agregaba lo suyo y para el 9 de octubre se estrenaba en el Teatro Comedia la obra "Aquí no hay cianuro!", montada por la compañía de Azucena Maizani y escrita por Iván Diez, colaborador del entonces autor de teatro de revista más conocido Manuel Sofovich. Ambos dedicaban sus creaciones a recoger las mejores crónicas de la época. En marzo del año siguiente, Osvaldo Fresedo grababa el tango "No hay cianuro", de Pisani.

En noviembre, la investigación estaba ya bastante estancada. El juez decide llevar adelante un contraste pericial entre los químicos que participaron de los tres informes, para tratar de dilucidar la inconsistencia entre las conclusiones. Para ello los notifica que los reuniría a todos en el laboratorio de tribunales, para que expusiesen y defendiesen sus puntos de vista.

El día de la compulsa, Pando -como anfitrión- comienza desarrollando su exposición. Intenta reproducir los ensayos que dieron lugar a su conclusión original. Dispuso de dos tubos, uno con agua pura y el otro con una solución muy diluida de cianuro. Agregó dos gotas de cloruro férrico al uno por ciento, obteniendo en el segundo tubo un ligerísimo tinte amarillo rosado. Al añadir luego dos gotas de cloruro férrico al diez por ciento, desaparece el rosado y la solución tornó a un tinte amarillo más franco. Esto en opinión del juez y los demás peritos. No obstante, Pando pide que constara en actas que él todavía lo encontraba rosado. En ese momento, Grau se adelanta, toma los dos tubos, uno con el cianuro y el otro sin él, oculta las etiquetas, los presenta a Pando y le pide que los distinga. Pando, desconcertado, se niega.

Luego, siendo el turno de Ugarte, éste explica en forma impecable las causas por las que pueden existir confusiones en las pruebas preliminares, exponiendo una a una las experiencias del caso, utilizando papel tornasol, sales férricas y de cianuro. En algo más de dos horas, desarrolla las razones por las cuales sus conclusiones y las de sus colegas de Tribunales, aparentemente contradictorias, no eran entre si excluyentes y que estos resultados diferentes derivaban de las particulares condiciones en las que unas y otras pruebas eran realizadas. Además, explica que las dos reacciones clave, la del ferrocianuro férrico y la del sulfocianuro férrico -utilizadas por el equipo de la Facultad- son para el ácido cianhídrico lo que las impresiones digitales son para la identificación de una persona.

Pero al final de ese día, luego de varias horas de debate, el juez decide que no es posible concluir nada definitivo y termina declarando la nulidad de lo actuado este día. Debe haber estado verdaderamente aplastado por el peso de las cuestiones públicas. Demasiados ojos sobre sus pasos.

Fue en diciembre, cuando los diarios no prestaban ya mucha atención al caso, que de manera fortuita el asunto se resuelve. Un hampón de nombre Víctor Antía y algunos cómplices, caen detenidos unas semanas antes en un asalto a una casa de la calle Rivadavia de la ciudad de Buenos Aires. Su dueño, un inglés de apellido Enborg, repele a tiros el ataque y hiere gravemente a Antía. Ya en el hospital y varios días después, el herido confiesa su participación en el asesinato de Ray, enterándose rápidamente del asunto el juez Facio.

El maleante pronto involucró al segundo implicado -de apellido Llacoy- y contó que se enteraron recién por la tarde del día siguiente del asalto en Vicente López, que había un muerto y que éste era el concejal Ray, por lo que deciden mantenerse ocultos por varios días. Sin embargo, cuando la prensa reveló el envenenamiento por cianuro, creyeron su libertad asegurada y vuelven a  robar. De cierta manera, el mismo Pando era el involuntario responsable de la resolución del caso. Algunos meses después, Llacoy es detenido en un paraje rural de Cipolleti, luego de una espectacular persecución en la que participaron agentes de la policía de Neuquén y Buenos Aires.

Gracias a esta confesión, el 30 de diciembre por la madrugada los dos que todavía estaban detenidos, son notificados de su libertad. De inmediato el concejal Pereyra se dirige al despacho del juez, increpándolo fuertemente por el daño que le causaran, antes de darse la vuelta y regresar a su casa. La mujer sólo da las gracias y se retira. Al año siguiente, la Poey tiene su reivindicación, protagonizando su propia historia en un corto documental mudo -dirigida por el cineasta peruano Villarán- cuyo título era su mismo nombre. Pero otra película, "Los acusados" -estrenada 33 años después y protagonizada esta vez por Silvia Legrand- vuelve a instalar la duda sobre la culpabilidad de María.

De aquella foto del domingo 26 -que nunca llegó a publicarse- se hicieron tres copias: una quedó en manos del juez y podemos imaginarnos que todavía la tiene bien guardada alguno de sus descendientes. La segunda fue para Sagastume que luego pasó a manos de Vucetich, sucesor de Ugarte y Sagastume. Esto es porque tiempo después, Vucetich ocupó el puesto de Profesor Titular dejado por Ugarte, llegando también a ser Decano de la Facultad -como Sagastume- y luego Presidente de la Universidad. Esa copia es hoy una de las varias fotos históricas que ambientan la sala de reuniones del Consejo Académico de la actual Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad Nacional de La Plata.

La tercera copia quedó para Trifón Ugarte. Esta última todavía junta polvo entre los muchos papeles viejos y mal guardados de aquella cátedra de toxicología, que el sabio inmigrante ayudó a fundar.

(este relato no habría sido posible sin las largas charlas con Edgardo Coloccia y Carlos Pozzi, sucesivos sucesores de Vucetich en la Cátedra de Toxicología, quienes dieron los primeros indicios de la verdadera historia de la fotografía)

Guido Mastrantonio

Actualizado el 20/04/2015