Betiana Menestrina, farmacéutica y Mg. En Epidemiología, Gestión y Políticas de Salud, nos ayuda a entender la complejidad y la importancia de una aparente rutina cotidiana.
"La farmacia, sostiene la profesional, es uno de los lugares donde los grandes debates sanitarios se convierten en preguntas incómodas y problemas concretos. En el mostrador se encuentran la necesidad de una persona, la indicación médica, el precio del medicamento, la cobertura y las regulaciones que deben proteger la salud"
Esa realidad cotidiana, explica la investigadora, está atravesada por situaciones que no se explican solamente por decisiones individuales: también expresan las condiciones económicas, sociales y territoriales en las que vivimos.
Es en este contexto que surgen muchas preguntas asociadas al consumo de un medicamento, por ejemplo; si se puede discontinuar un tratamiento, qué sucede si se parte una pastilla y cuán grave es automedicarse, entre otras cuestiones.
¿Se puede discontinuar un tratamiento?
Interrumpir, espaciar o modificar un tratamiento puede afectar la salud. Las consecuencias dependen del medicamento, de la enfermedad y del tiempo de interrupción. En hipertensión, diabetes o epilepsia puede perderse el control de la enfermedad. En las infecciones, utilizar antibióticos sin indicación o no respetar la dosis y duración prescriptas puede favorecer el fracaso terapéutico y la resistencia antimicrobiana. En VIH, cáncer y enfermedades cardiovasculares, una demora también puede comprometer los resultados.
Cuando el precio impide continuar un tratamiento, no estamos ante una simple decisión de consumo, sino frente a un problema de acceso al derecho a la salud, afirma la profesional; la persona no debería reducir dosis, saltear tomas ni sustituir un medicamento por su cuenta; tampoco debe ser culpabilizada por una falta de adherencia cuyo origen es económico.
Estrategias para frenar la automedicación
Automedicarse suele presentarse como una conducta individual irresponsable. Sin embargo, no todas las personas se automedican por los mismos motivos ni enfrentan las mismas consecuencias. El nivel de ingresos no elimina el riesgo: una persona con capacidad económica también puede consumir medicamentos innecesarios, repetir tratamientos anteriores, acceder a varias consultas, utilizar psicofármacos durante períodos prolongados o incorporar nuevos productos sin una evaluación integral.
En estos sectores, la automedicación puede estar vinculada con la sobreoferta, la publicidad, la medicalización de malestares cotidianos y la idea de que para cada problema debe existir una respuesta farmacológica inmediata. Tener dinero para comprar un medicamento no significa contar con la información necesaria para utilizarlo correctamente, afirma Menestrina. El poder adquisitivo facilita la compra, pero no protege frente a una interacción, una contraindicación, una dependencia o un diagnóstico demorado. En el otro extremo, muchas personas se automedican porque no pueden pagar una consulta, esperan semanas por un turno, viven lejos de un servicio sanitario o no consiguen atención de salud mental. En estos casos, más que una elección libre, la automedicación puede ser una respuesta a las barreras del sistema. Se recurre entonces a un medicamento que quedó en el hogar, a la recomendación de un familiar o a la compra de una cantidad menor que la necesaria.
Los riesgos clínicos existen en ambos casos, pero las consecuencias económicas no se distribuyen de la misma manera. Para una familia con bajos ingresos, comprar un medicamento innecesario puede significar postergar alimentos, transporte u otros gastos esenciales. Si además ese consumo retrasa el diagnóstico, agrava la enfermedad o provoca una reacción adversa, aparecen nuevas consultas, estudios y tratamientos que profundizan el problema económico. La automedicación puede convertirse así en un círculo de mayor enfermedad y mayor gasto.
¿Cómo llega un medicamento a la farmacia?
El recorrido comienza mucho antes de que veamos la caja en una farmacia, menciona Betiana Menestrina; primero se estudia el principio activo y se desarrolla una formulación que permita administrarlo de manera segura y en una dosis precisa. Cuando se trata de un medicamento nuevo, se realizan estudios preclínicos y ensayos clínicos para evaluar sus beneficios y riesgos. En los productos que utilizan principios activos ya conocidos, el desarrollo se orienta a demostrar la calidad de la formulación y, cuando corresponde, su equivalencia con un medicamento de referencia.
Después se define la forma farmacéutica: comprimido, cápsula, jarabe, crema o inyectable. No es un detalle: cada forma está diseñada para conservar el principio activo y liberarlo en el organismo de una manera determinada-Antes de comercializarse en la Argentina, una especialidad medicinal debe contar con autorización sanitaria. La ANMAT evalúa la documentación y fiscaliza, dentro de sus competencias, los productos y los establecimientos que los elaboran, importan y distribuyen. La farmacéutica y el farmacéutico participan en toda esta cadena: investigación y desarrollo, producción, garantía y control de calidad, distribución, farmacia hospitalaria y comunitaria, dispensación y farmacovigilancia.
Al momento de la distribución, algunos medicamentos requieren cadena de frío y otros están incorporados al Sistema Nacional de Trazabilidad. Finalmente, llegan a una farmacia habilitada, donde la farmacéutica o el farmacéutico controla su procedencia, integridad, vencimiento y conservación; verifica la prescripción cuando corresponde; y orienta sobre su uso. Por eso, dispensar,no es simplemente entregar una caja: es el último eslabón de una extensa cadena sanitaria.
¿Es conveniente fraccionar un comprimido para su consumo?
No todos los comprimidos pueden partirse. Algunos tienen una línea en el centro llamada ranura. Esta puede haber sido diseñada para facilitar la división, pero su presencia no garantiza por sí sola que ambas partes contengan la misma dosis. El fraccionamiento debe estar previsto en el prospecto o ser indicado por quien prescribe o por una farmacéutica o un farmacéutico. En general, no deben partirse, triturarse ni masticarse los comprimidos de liberación prolongada, controlada o modificada. Están preparados para liberar el principio activo lentamente y, al romperlos, este podría liberarse demasiado rápido. Tampoco deben dividirse los comprimidos gastrorresistentes o con cubierta entérica, porque al dañarla el medicamento puede degradarse en el estómago o irritar su mucosa.
También se necesita especial cuidado con las cápsulas, los medicamentos de margen terapéutico estrecho y los productos que pueden resultar peligrosos para quien los manipula, como algunos tratamientos oncológicos. Nunca debería partirse una pastilla solamente para hacer rendir el envase frente a un problema de precio: eso puede modificar la dosis y poner en riesgo el tratamiento. Antes de hacerlo, hay que consultar el prospecto o preguntar en la farmacia.
¿Cómo impacta la suba del precio de un remedio?
Cuando aumenta el precio y la cobertura no acompaña, la persona debe pagar una proporción mayor de su bolsillo. En la farmacia esto se ve con claridad: pacientes que esperan hasta cobrar, compran menos unidades, preguntan por una alternativa de menor precio o postergan el tratamiento. El precio deja entonces de ser solamente un dato económico y se convierte en una barrera sanitaria. El impacto es mayor en quienes tienen enfermedades crónicas, utilizan varios medicamentos, son personas mayores o carecen de una cobertura suficiente. Un producto puede estar autorizado y disponible, pero si no puede pagarse, no existe acceso efectivo. Y, si bien la ANMAT controla la calidad, seguridad y eficacia de los medicamentos, no fija por sí sola sus precios. Garantizar el acceso requiere coberturas adecuadas, disponibilidad de medicamentos esenciales en el primer nivel de atención, compras públicas, prescripción por nombre genérico y producción pública y nacional orientada a las necesidades sanitarias.
El medicamento, ¿es un bien social o un bien de mercado?
El medicamento se investiga, se fabrica, se distribuye y se comercializa. Tiene costos y un precio. La industria interviene en su desarrollo y las farmacias necesitan ser sustentables para ofrecer una prestación segura. Pero no es una mercancía cualquiera. Una persona no elige necesitar insulina, un antibiótico, un medicamento oncológico o un tratamiento para la hipertensión. Esa necesidad surge de una situación de salud y muchas veces no puede postergarse. Por eso consideramos al medicamento un bien social: no porque producirlo carezca de costos, sino porque su acceso no puede depender exclusivamente de la rentabilidad ni de la capacidad de pago.
El Estado debe establecer reglas, fiscalizar la calidad, promover el uso racional y garantizar medicamentos esenciales. También debe intervenir cuando el mercado no produce ciertos tratamientos, cuando los precios se vuelven inaccesibles o cuando aparecen desigualdades territoriales. La producción pública puede responder a necesidades desatendidas, contribuir al abastecimiento y fortalecer la soberanía sanitaria.
Las obras sociales y los financiadores deben convertir la cobertura formal en acceso efectivo. Tener una receta autorizada sirve de poco si el medicamento no llega, demora meses o exige recorrer grandes distancias. Cuando el precio decide quién continúa un tratamiento y quién debe abandonarlo, ya no estamos discutiendo solamente economía: estamos discutiendo el derecho a la salud.
"Por eso, la farmacia puede pensarse como una trinchera sanitaria cotidiana: un espacio donde la farmacéutica y el farmacéutico sostienen, todos los días, el acceso a los medicamentos y el derecho a la salud. Para que un medicamento cumpla su función no alcanza con que exista: debe llegar a quien lo necesita, a tiempo, en buenas condiciones, cerca de su lugar de residencia y con acompañamiento profesional", sostiene la investigadora y docente de la FCE.