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Margaritas
La Dra Paula Bergero nos ayuda a pensar sobre ciencia y género a partir de la reseña de una investigación en docentes de química de nivel secundario.

Margarita Heiberg fue la primera mujer danesa en recibir el título de Doctora en química, en una época en que lo habitual para las mujeres era limitarse a la educación primaria (1).

Margarita fue una investigadora y docente pionera de la Facultad de Ciencias Exactas de la UNLP. Llegó en 1909 a Argentina junto a su pequeño hijo y su esposo, Emil Bose, quien fue director del Instituto de Físicomatemáticas. Ella tuvo a su cargo la organización del Laboratorio y los trabajos prácticos en física experimental. Fue considerada una referente feminista por sus contemporáneas y padeció en carne propia el sesgo de género.

Sin embargo, no es de ella sobre quien trata este artículo, sino de otra científica con quien compartió el nombre, la química y la atención sobre los derechos de la mujer: Margarita Goddard Spear.

En la década del los 80, Margarita Spear trabajaba en el Instituto of Educational Techology, en The Open University. En aquellos años ya se consideraba contundente la evidencia de los dos principales problemas que seguimos teniendo las mujeres en la ciencia: la sub-representación y los menores logros alcanzados. Había también suficiente evidencia de que estos problemas se presentaban ya en la escuela secundaria, manifestándose en el menor rendimiento y compromiso con la ciencia de parte de las niñas.

Puesto que los datos mostraban que el desempeño escolar es muy importante en el interés, entusiasmo y actitud de los estudiantes hacia la ciencia, y que las expectativas de los docentes tienen un rol muy importante en la autopercepción de los alumnos, una infravaloración permanente de las chicas podría ser la causa de su real o aparente falta de éxito en ciencias. Había escasos antecedentes de estudios en el área: apenas un pequeño estudio piloto específico sobre ciencias exactas, de 1971, de modo que Margarita orientó sus investigaciones hacia la existencia de un sesgo de género entre los docentes de ciencia de nivel medio.

En un par de investigaciones de aquella época (2, 3), Spear estudió la existencia de diferencias de género en la evaluación de la producción escrita de los estudiantes. En un primer trabajo, investigó el sesgo entre 80 docentes de ciencia de nivel medio, extendiéndolo luego a un segundo estudio donde participaron 339 profesores de química de 86 escuelas secundarias de Inglaterra. Ambos artículos fueron publicados en 1984 y su contenido era muy similar.

Las preguntas que se hacía Margarita eran tres. Primero, si ante trabajos idénticos, los docentes otorgaban mayores puntajes a los muchachos que a las chicas. Segundo, si los docentes reflejaban más expectativas sobre el potencial para la ciencia de los estudiantes varones, a partir de sus evaluaciones del trabajo escrito. Y en tercer lugar, si se adjudicaban los atributos relevantes para el estudio de la ciencia más frecuentemente a varones a que a mujeres (con desempeños comparables).

Para responder estas cuestiones, de los 339 de docentes de química que ejercían en escuelas secundarias de distintas características (atendiendo al tamaño, ubicación, tipo y rango socioeconómico), la investigadora seleccionó 101 profesoras y 202 profesores, a quienes les pidió participar de un estudio sin revelarles los verdaderos objetivos del estudio en cuanto a sesgo de género. A cada docente le pidió evaluar a tres supuestos alumnos a partir de dos trabajos escritos elaborados por ellos: un informe de un experimento de destilación y un ensayo titulado "Lo que pienso sobre los científicos y la ciencia". Las producciones de los supuestos alumnos fueron preparadas para la investigación a partir de tres producciones reales de estudiantes consideradas como de buen estándar y pobre desempeño.

La mitad de los docentes evaluó a dos mujeres y un varón, y el resto, al revés, cuyos nombres fueron elegidos según un testeo previo para que fueran igualmente favorables. Se les solicitó a los docentes que evaluasen los trabajos asignando puntajes a según una serie de 15 ítems. Estos ítems incluían tanto una puntuación de la actitud, interés y aptitud de los alumnos respecto de la ciencia como aquellos puntos que, en un estudio preliminar, habían sido establecidos como aquellos que los profesores de ciencia tenían en cuenta a la hora de evaluar producciones escritas (comprensión de conceptos, claridad en la explicación, precisión, uso de diagramas, gramática y ortografía, esfuerzo involucrado, etc.).

Las respuestas de los docentes fueron elocuentes: en 14 de los 15 ítems los estudiantes varones recibieron mejores puntuaciones que las mujeres, y la diferencia fue más pronunciada en los ítems que reflejaban la percepción del docente sobre aptitud, actitud y entusiasmo del estudiante. El único ítem en que las supuestas estudiantes recibieron más puntuación que los alumnos varones fue en la cantidad de esfuerzo involucrado en la producción del trabajo.

Combinando el género del evaluador y del estudiante, Spear nos ofrece la siguiente conclusión: los profesores y profesoras de ciencias otorgan a los trabajos firmados por estudiantes mujeres puntuaciones más bajas que a los mismos trabajos firmados por estudiantes varones, y las docentes mujeres en general otorgan puntajes más altos que los docentes hombres. Consecuentemente, dice Margarita, la combinación de muchachos evaluados por profesoras produce las evaluaciones más generosas mientras que las chicas evaluadas por profesores varones reciben las evaluaciones menos favorables. Esta última combinación generó en la investigadora una grave preocupación, considerando además que la mayoría de los docentes de ciencias eran hombres. Ciertamente- dijo Spear, hay evidencia de que los muchachos se interesan más por la ciencia que las chicas, tienen mejor desempeño y son más proclives a elegir carreras científicas que ellas. Pero este estudio marca la posibilidad de que el mayor interés y los logros académicos superiores de los varones sean sostenidos no por una diferencia real entre alumnos y alumnas sino por las expectativas, percepciones y evaluaciones sesgadas de los docentes.

Como dice Nélida Pedroza, el viejo y conocido supuesto escolar de "los chicos son más inteligentes que las chicas", ha devenido en profecía autocumplida .

Otras investigaciones que complementan el trabajo de Margarita Spear han relevado que los sesgos de género en los docentes de ciencia se manifiestan también en su comunicación oral con los estudiantes: les hablan a los muchachos más que a las chicas, les dan la palabra en más oportunidades. A pesar de ser un estudio realizado hace más de 30 años en un único país, sospechamos que las conclusiones de Margarita son universales y no han perdido vigencia, y reflejan lo vital que es una adecuada formación

referencias

 

1. A.G. Bibiloni OEC, C. von Reichenbach. UNA PIONERA DE LA FÍSICA EN LA ARGENTINA: MARGRETE HEIBERG DE BOSE.

2. Spear MG. Sex bias in science teachers' ratings of work and pupil characteristics. European Journal of Science Education. 1984;6.

3. Spear MG. The Biasing Influence of Pupil Sex in a Science Marking Exercise. Research in Science & Technological Education. 1984;2:6.

4. Pedroza N. Reflexiones sobre las cuestiones de Género y la Formación Docente. ISPEI "Sara C de Eccleston" DGES Ministerio de Educación GCBA. 2007;3.

1 El teorema de Thomas es un principio fundamental en sociología que enuncia que Si las personas definen las situaciones como reales, éstas son reales en sus consecuencias. Esta observación indica que dichas situaciones devienen profecías autocumplidas, ya que la persona adecuará su conducta a esa percepción, más allá de su entidad real. de los docentes de ciencia en cuestiones de género, para evitar estas desventajas hacia las mujeres. Y no sólo en secundaria, sino también en la universidad.

Actualizado el 21/09/2017