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El otro lado del museo
Los locos de los viernes
El Museo de Fisica guarda historias desconocidas.Paula Bergero nos permite imaginar alguna de ellas desde la ficción, las que especialmente suceden el ultimo día de la semana

Trabajo en el Museo de Física de la Universidad de La Plata. Empecé siendo estudiante y ahí me quedé, tal vez por la mística de sus paredes llenas de instrumentos, por sus historias, por el brillo de la mirada de los visitantes. Dicen que "Dios los cría y ellos se juntan" para explicar que gente con intereses, sentimientos o criterios parecidos se termina juntando en algunos espacios... aunque tal vez sea también que la gente va desarrollando complicidades de tanto compartir. Como fuese, así ocurría en el Museo, salvo contadas excepciones.

A lo largo de los años fui rotando actividades, días y horarios, y por eso pude llegar a la conclusión a la que llegamos casi todos los que trabajamos allí alguna vez: el viernes es el día de los locos.

No entiendo por qué. Nadie lo entiende, en realidad. Pero los viernes hay una frecuencia muy superior de visitas de personas extrañas, curiosas o llanamente delirantes. Los llamamos los locos, con cariño. Casi siempre injustamente, porque en su mayoría son solamente diferentes del público habitual: los grupos escolares, los docentes.

Y así, aparece el señor que es físico autodidacta y me cuenta -pidiendo reserva porque aún no lo ha publicado- que encontró una nueva partícula fundamental, con propiedades que van a revolucionar la manera en que concebimos el mundo... todo eso plasmado en 146 hojas tipeadas a máquina, que me deja para que le dé mi opinión cuando regrese, la semana siguiente. Pero nunca vuelve.

El estudiante que se acerca a pedir información sobre un dispositivo que leyó en un libro de ciencia ficción y que por ende -insiste- debe existir.

La señora, que heredó de su padre una caja con algún instrumento, digamos un teodolito, y no sabe cómo limpiarlo.

La sobrina nieta de una fallecida profesora de física, que quiere donar sus libros y apuntes de clase, para que cuando la vieja reencarne los encuentre a salvo.

El nene que quiere saber cómo fabricar una máquina del tiempo, pero que no viaje siempre para adelante.

El muchacho con Asperger que sabe absolutamente todo lo que se puede saber sobre un instrumento visualmente anodino que tenemos en la vitrina de magnetismo, que nos cuenta una historia maravillosa y se va sin saludar.

La periodista que busca una historia, si es escabrosa mejor...

El ex alumno que sólo quiere compañía para recordar sus épocas de estudiante.

Aquel que preguntó si podía ver El Aleph. En un rapto de maldad le dije que presentara nota por triplicado dirigida a la Directora. Qué mal estuve.

Pero de todos los que recuerdo, el caso de la parejita fue el más extraño. Entraron a la Sala de Exhibiciones casi sobre la hora de cierre. Ella, elástica y vital, de negro y con el pelo azul. El, de anteojos, con ropa y actitud de explorador. Se acercan, se presentan. Ella ha venido ya otras veces, conoce. El, en cambio, es la primera vez que viene. Piden permiso para recorrer la muestra y aunque me pongo a su disposición para acompañarlos, prefieren mirarla solos. Recorren las vitrinas vidriadas, de fondo oscuro, donde se exhiben cientos de instrumentos centenarios. Casi no hay cartelería, porque el Museo respeta en su estética el espíritu original de los museos "de especialista". Los instrumentos exhibidos, casi todos alemanes, de fines del siglo XIX, son realmente bellos. Vidrio, madera, metales se combinan armoniosamente para ofrecer demostraciones sobre principios básicos de la física de la época. Otros instrumentos sueltos, más feos y modernos, completan la valiosa colección. Pero la mayor parte del acervo descansa en miles de cajas en los abigarrados depósitos del Departamento.

Los visitantes hablan en voz baja, inspeccionando todo cuidadosamente. No queda nadie ya excepto nosotros; mi compañero de turno se ha retirado. Les aviso que estoy por cerrar, pero como tengo algunas tareas pendientes, de papeles, pueden quedarse otro rato a puertas cerradas si gustan. Cada tanto los miro abiertamente durante unos segundos: es parte de mis deberes vigilar el patrimonio... pero además me generan curiosidad. Parecen estar buscando algo.

Finalmente me acerco.

-¿Sabés algo de filosofía andina?- me interroga él.

-No, nada...-confieso. Ni siquiera sabía que tal cosa existiera.

-Pues deberías -me reprende. Su severidad me divierte. Debería saber tantas cosas...

Miro la vitrina que están inspeccionando y les devuelvo la pregunta.

-¿Les interesa la óptica?

-Depende...-me responde.

-¿Y el I Ching? ¿Sabés algo de eso? - dispara ella.

- Es como un horóscopo, ¿no? -arriesgo. Si me guiara por la expresión que puso al escucharme, debería sentirme culpable. Pero no. ¿Por qué debería yo saber de esas cosas?

-Vamos, es tarde-dice ella, mirándolo con los ojos entrecerrados. Como si hablar conmigo fuera una pérdida de tiempo.

Se van. Nunca más hubiera pensado en ellos si a los pocos días, durante en mi turno en el Museo, no hubiese recibido un llamado.

- Hola, te acordás de mí, estuvimos el viernes en el Museo. Queremos contarte algo. Mañana. Un café.- dijo él, como si fuera algo a lo que no podía negarme.

Así que no me negué y la tarde siguiente nos encontramos en el bar de la Facultad. Esperaba verlos a ambos, pero fue solo. Allí, sin mucho preámbulo, me dio una perorata sobre cómo la ciencia occidental "que ustedes sostienen, replicando la única forma de hacer investigación que se consideraba aceptable" había eclipsado todos los antiguos saberes de los pueblos andinos. Mirándose siempre las manos, me habló de su manera particular de entender la naturaleza y relacionarse con ella, me habló de la importancia que tenían los colores y de las cosas que representaban. Yo escuchaba en silencio y con sorpresa aquel discurso, pero también con atención, porque era realmente interesante.

Cuando terminó la idea, me miró fijamente durante un rato. Finalmente, respiró hondo y comenzó a reseñar los intentos de todas las civilizaciones por predecir el futuro. Enumeró diferentes artes adivinatorias desarrolladas por los sabios de cada pueblo a lo largo de la historia, incluyendo a los antiguos habitantes de los Andes. Parecía todo un experto en el tema.

-Te preguntarás a qué viene todo esto. El asunto es que los sabios de la nación Andina habían construido un pequeño dispositivo, digamos un oráculo portátil. Tenemos data que indica que ese oráculo está en el Museo y queremos que nos ayudes a encontrarlo. Por eso fuimos el viernes, teníamos la loca esperanza de verlo en una vitrina... Pero no, no estaba.

Me eché hacia atrás en el asiento y lo miré, pensando en levantarme. Qué disparate mayúsculo. Supongo que se dio cuenta -no le habrá resultado difícil- y quiso retenerme contándome algo más.

-El oráculo fue conseguido durante una expedición de Pascasio Moreno, el famoso Perito -precisó. -En esa época andaba por Mendoza haciendo trabajos para una empresa minera y de paso recolectaba objetos precolombinos para su colección privada. Al principio el oráculo no le llamó particularmente la atención. Pero luego, a fines de 1800, cuando fundó el Museo de La Plata, sus instrumentos fueron exhibidos al público. El oráculo no pasó desapercibido para quienes sabían de que se trataba; Moreno recibió varias notas de descendientes de los pueblos originarios pidiendo su restitución. Ocurrieron también algunos intentos de robo medio extraños que siempre involucraban la sala que albergaba el oráculo. Así, se puso a investigar, incluso volvió a Mendoza a hacer averiguaciones y finalmente comprendió mejor el valor de la pequeña cajita. Decidió entonces que había que ponerlo a salvo, esconderlo...

-Ah, qué bien. Macanudo, el Perito...-dije.

-No seas whig. Vos hubieras hecho lo mismo -me sentenció. -En esa época no se usaban las devoluciones. En cambio, le dio la cajita a otro espíritu libre, que podía entender las implicancias: Ricaldoni. Para que lo protegiera.

Ese apellido hizo sonar mis alarmas. Me enderecé en la silla.

-¿Teobaldo Ricaldoni? ¿El que trajo al Departamento los equipos que tenemos en el Museo de Física?

-Sí, sí, el mismo. Por eso tenemos fuertes sospechas, casi la certeza de que está en el Museo. Queremos, necesitamos encontrarlo.

-¿Y cómo es? -pregunté.

-Por afuera, una caja cúbica, metálica con dos aberturas: una ranura por encima, un círculo en uno de los laterales. No es grande, casi cabe en una mano. Por dentro, lleva una placa de mica y está recubierta con polvo de minerales. Sería más o menos así. -Y dibujó el esquema en una servilleta.

-¿Y ese cacharro decís que predice el futuro?

Me miró, como evaluándome, por enésima vez. Decidió responderme, imagino que porque me necesitaba para acceder a los depósitos.

-Cuando se pone la cajita al sol, la luz entra por la ranura, iluminando la mica. Allí dentro, entonces, sin lluvia ni nada parecido, aparece un arcoíris...

-Sí, claro... la diferencia de caminos en la mica... -Intento explicar, pero me mira como con odio.

- Algo así me dijo ella también- respondió. Supongo que se refería a la chica de pelo azul.

-El círculo en el lateral es para formular la pregunta. Hay que apoyar los labios ahí y susurrar. Repetir la pregunta varias veces, como un mantra. Y esperar. Entonces ocurre el verdadero milagro. El interior de la caja, recubierto de pequeños cristalitos, cambia lentamente de color, y el arcoíris ya no se ve igual. Ahí está la respuesta del oráculo.

-Sí, claro... -nuevamente, no me resisto a esbozar una explicación- como en los barquitos que comprás en Mar del Plata para saber si va a llover... minerales que cambian con la humedad. Nada de magia ni milagros, pero muy ingenioso, ciertamente.

- ¿Y eso es todo? -Me invitó a seguir.

-Bueno, la duración de pregunta formulada, las veces que fue repetida, la temperatura del aliento... todo eso supongo que origina un cambio en la atmósfera de la pequeña caja, que podría pensarse como una perturbación distinta para cada persona, para cada pregunta. -Pienso un momento. De repente me parece maravilloso. -Y así el oráculo devuelve como respuesta una tonalidad particular, un código de color, el refuerzo de algunos de los colores del espectro por sobre otros...

Asintió, con una mirada que decía "Entendiste algo por fin". Por primera vez no había desaprobación en sus ojos. Había esperanza.

-¿Nos vas a ayudar?

Prometí ayudarlos. Buscar la caja. Les expliqué que no podía llevarlos conmigo a las áreas restringidas del Museo. Que hay un protocolo de seguridad, que nadie entra solo allí, que se precisan las llaves magnéticas de por lo menos dos personas para ingresar. Pero prometí buscar, cada vez que tuviera oportunidad. Y avisarles de inmediato.

Nos despedimos. Cuando me iba, me llamó por mi nombre.

-Una cosa más. La bandera Wiphala. La bandera andina. El código para interpretar sus colores es la clave. Cuando encuentres la caja y hagas tu pregunta, lo vas a precisar. Que tengas suerte.

Desde entonces, la busco.

No tengo idea por qué, pero el viernes, definitivamente, es el día de los locos.

 

Actualizado el 31/08/2015